Camino a Copalita: un trekking único en México

Esta caminata de cinco días, que inicia desde el punto más alto de la sierra oaxaqueña, en los bosques de niebla, y termina en la Bocana, una bellísima playa de las bahías de Huatulco, será un parteaguas en tu vida. Aquí cinco razones de peso por las que esta experiencia te marcará para siempre:

 

Te reencontrarás con México

Lo que hace tan especial a esta ruta, no son solo los magníficos paisajes, ni la satisfacción del reto físico, sino la convivencia con las comunidades zapotecas, con quienes se comparte el camino, la comida y las historias de vida. Personas de San Juan Ozolotepec, San Francisco, San José, Yuviaga, El Mandimbo y La Blas serán tus guías, y te maravillarás al ver cómo hacen fuego en un segundo,cómo conocen los secretos de cada planta, escuchan armadillos a kilómetros de distancia y alteran la genética de sus siembras. Sabrás de su esfuerzo para producir sus cafetales, te mostrarán en dónde se encuentran sus parcelas y cómo las mujeres trabajan entre maizales a 2,000 metros de altura con el burro amarrado para que no se les resbale. Los escucharás hablar en zapoteco, y tu oído se abrirá atento a una lengua ancestral en peligro de extinción.

También convivirás con las cocineras de cada campamento, y comerás sus deliciosos platillos de tamales envueltos en mazorca y huevo cocido en hoja santa. Aprenderás de su nobleza al compartir el producto más difícil de cosechar, pues las tortillas nunca faltan en la mesa. Reconocerás la cultura que compartimos, admirarás su organización, su entrega a la tierra, y por ende, tendrás otra visión de México, una más esperanzadora.

 

Tu esfuerzo será maravillosamente recompensado

Las caminatas de seis a siete horas tienen su dificultad, sin embargo son sumamente agradables por el cambio constante de ecosistemas. Incluso el día del reto mayor con la bajada en zigzag durante cinco horas, llegarás a un manantial con una cascada en donde puedes nadar y tomar agua a la vez. Así, cada esfuerzo es siempre recompensado por algo que nunca antes habías visto: desde una ceiba que suelta su algodón con el viento o pinturas rupestres en cuevas inexploradas, hasta una selva que parece diseñada por el mejor paisajista, se te acabarán los adjetivos calificativos para describir lo que miras. Por otro lado, en el camino habrá deliciosas sorpresas como cañas de azúcar para mascar, limas para pelar o el momento del almuerzo preparado con cariño por la comunidad que has dejado atrás; además, la certeza de que en el siguiente campamento te recibirán con aguas exquisitas de guayaba, tamarino o melón.

 

Volverás a ser niño

En medio de la naturaleza, tendrás regresiones a tu infancia. Disfrutarás un jardín infinito por una semana sin bañarte más que en manantiales con la ropa enlodada. Dormirás colgado de los árboles, en hamacas con mosquitero, bajo la luna llena. Te despertarán colibríes, y las mulas cargarán tu equipaje. Sentirás que si fijas la vista podrías encontrar a un jaguar entre las espectaculares montañas verdes. Pensarás que las inmensas raíces de los árboles se moverán si las tocas. Jugarás a ser explorador en tierras vírgenes. Regresarás a tus orígenes.

 

 

Reiniciarás tu mente

Este viaje también ofrece una excelente oportunidad para desconectarte de tu cotidianidad, alejarte del abrumador horario citadino, hacer una pausa en tu vida. Caminar de manera continua por varios días provoca una conexión particular entre mente y cuerpo, así que es común tener momentos introspectivos o meditativos al ritmo del sonido de tus pasos. A la vez, la inmensidad de la sierra te hará sentir que formas parte de algo más grande, tus problemas se harán pequeños porque tu ánimo estará a diario enaltecido. Todo lo que pensabas antes de empezar a caminar, tomará otra perspectiva.

 

 

Compartirás la meta más grandiosa

Imagina que después de cuatro días de caminata y de remar por seis horas en el río, empiezas a oler a agua salada y a escuchar las olas del mar mientras se pone el sol y una variedad de pájaros de todos colores se posan sobre las ramas de un manglar por donde avanza tu kayak. Finalmente, tocas tierra firme, desciendes de tu embarcación y te dicen que mires hacia atrás. A lo lejos ves una sierra verde, altísima entre las nubes, y te dicen: “Desde allá venimos”. Se te enchinará la piel y te abrazarás eufórico con tu equipo del camino, con quienes te has hermanado después de la aventura. Te sentirás con el alma llena, transformado, y agradecerás haber querido ir a caminar ahí, con ellos, con los de las comunidades, contigo mismo.

Colaboración de Brenda Legorreta

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